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La familia que come mal, unida, permanece mal unida

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Por Alfredo Franco Jubete

Comer no es solo nutrirse, no nos sentamos a la mesa para comer, sino para comer juntos, que decía Plutarco. El convivium, la unión, la convivencia (cum vívere). Las más antiguas civilizaciones ya lo tenían claro, para los antiguos persas comer era “buen comer” y buen ambiente. Su cultura giraba en torno a banquetes y ceremonias de modo que, músicos y poetas creaban sus mejores obras para estos momentos.

También en los muy antiguos banquetes de Mesopotamia, la solidaridad era la clave. El primer rasgo que diferenciaba al hombre civilizado de los animales y bárbaros sin civilizar, era la convivialidad, comer juntos, comer bien. Hoy sigue siendo así, compartir buenos momentos alrededor de una mesa: agrega amigos, calienta la amistad, eleva el amor y ata la familia. El dinero mejor gastado, es el invertido en crear familia y amistad. Y ojo, comer bien no es comer caro, unos sencillos huevos fritos con unas patatas crujientes por fuera y fundentes por dentro son únicos y muy deseados.

Las bodas babilónicas profundizaban muy bien en este concepto. La celebración incluía intercambio de manjares que las dos familias llevaban a la boda para ser compartidos. Era la manera de crear vínculos entre ambas familias. Todo está inventado. Para los asirios compartir la sal en un banquete, era símbolo de unión entre dos personas. “El hombre de mi sal” llegó a denominarse al amigo con el que se compartía. A mediados del S.XIV, comer en el mismo plato indicaba un gran vínculo de relación y proximidad. En las “Regles de bona criança” (F. de Eximenis), recomienda que el invitado no se siente en la mesa frente a la mujer o la hija del dueño de la casa, sino al lado. La esposa no tenía plato en la mesa, comía en el mismo de su marido. De aquí que se considerase un honor y una muestra de confianza: “comer en el mismo plato”. Y ya en el sigo pasado, seguro que oímos más de una vez aquello de :”cuántas veces hemos comido usted y yo juntos”. Cum vivere, comer, vivir juntos.

Sin duda el mejor alimento para la unión familiar son los besos, pero detrás de ellos, los platos que abuelas, madres, padres y amigos cocinan al corazón. Ese esfuerzo y sacrificio crean emoción y recuerdo, son los sabores de la memoria que van más allá del valor de lo comido. Denotan cariño y dedicación aunque a veces el resultado no sea el ideal, no importa. Alas Clarín en La Regenta lo expresa como nadie: “… unos caldos insípidos y desabridos que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de soplar”.

La sinceridad más reflexiva, el corazón más abierto siempre vienen después del postre. Dar cariño a través de la comida (mejor si está rica), genera sobremesas con puesta de sol y buenos momentos en que los más jóvenes hacen el posgrado de vivir, amar, compartir. Este “medio ambiente” es la argamasa única que da cohesión al grupo.
La paella del padre, el pad thai del cuñado exótico, las empanadas de la nuera gallega, el cocido de la madre, las croquetas de la abuela, la tarta de chocolate de la novia, el sushi del nieto… son el motor que genera energía, traba afectos, crea afinidades y un nuevo deseo de unión y reunión. Cuando una suegra va al mercado a buscar lo que más gusta a yernos y nueras, también hacen la digestión en el corazón.

Sin embargo, cuando la espartana y aburrida “comida nutrición” aparece en la mesa, cuando no hay tiempo, ni esfuerzo, ni siquiera dinero para la ocasión, se asienta la negación social. El desinterés, aburrimiento, “mal rollo” y deseo de escape pueden aparecer. Y desde luego, no es el mejor caldo de cultivo para la comunicación e interacción. Como a pesar de todo la buena intención suele ser mayoritaria, siempre suele haber divertidos comentarios familiares de aceptación de la situación: “otra vez los putos espaguetis de siempre”. “Hoy nos ha tocado ensaladilla cuarto de hora (bolsa de vegetales congelados y bote de mayonesa)”. “Que envidia sana me dan vuestras comidas y celebraciones”

Pero también hay otras personas que siguen la utopía del naturalista, de Rousseau: “El buen salvaje no cocina y es feliz”. Prefieren huir a viajes navideños para no recibir ni a los hijos. No invitan por: egoísmo y comodidad, tacañería, no engordar, no tener que corresponder… o por lo que sea. Es su opción y yo soy el que más la respeta, aunque a mi modo de entender, considere que no es el mejor camino para la unión familiar.

En fin, se han celebrado y se celebran muchas comidas tras el cierre de un acuerdo empresarial. Eran y son la celebración de ese vínculo, la atadura emocional a la material de un contrato escrito. Son buenas como lazo afectivo y humano que une más que el papel y las firmas. Pues eso mismo que sucede con las buenas comidas familiares, son el vínculo emocional, el deseo de reencuentro, de disfrute de esa unión familiar, de pertenencia al grupo. El placer único de compartir, de comer “bien”, unidos, para permanecer unidos.

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