La Boca Magazine » Secciones » El Comedor »

Botín, el restaurante más antiguo del mundo

La Boca Magazine » Secciones » El Comedor » 18/10/2010

Por Alfredo Franco Jubete

“The oldest restaurant”: The Casa Botin was opened in calle Cuchilleros 17, Madrid, Spain, in 1725.

  • Su fundador se llamaba Jean Botín y ¡era francés!.
  • El matrimonio Botín murió sin descendencia y un sobrino de ella llamado Cándido Remis, lo convirtió en “Sobrino de Botín”.
  • Hemingway, Jhon Dos Passos, Scott Fitzgerald, Graham Green, Frederic Forsyth se refirieron a Botín en sus obras.
  • Pérez Galdós, Gómez de la Serna, Arturo Barea, Indalecio Prieto y muchos más, hicieron del restaurante protagonista de sus escritos

El texto en inglés, es lo que dice tal cual, el libro Guiness of Records. Le ganó la partida al que figuró durante años con este título, el francés “Le Procope”, que en realidad fue el café más antiguo de París, centro neurálgico de la vida literaria y filosófica de la capital francesa. Actores, escritores, revolucionarios y románticos, poblaban sus mesas a diario. En el siglo pasado, amplió su oferta como restaurante.
Un cliente anglosajón, admirador de Casa Botín, se ocupó de corregir el error. Inició las gestiones que acabaron en la rectificación oficial del libro.
En 1590 hay constancia documental de la existencia del edificio que alberga hoy Botín. Su propietario solicitó el “privilegio de exención de huéspedes”, cosa que consiguió mediante el pago de 150 ducados. Se trataba de un impuesto, que algunos propietarios de edificios de más de una planta, pagaban con el objetivo de no dar albergue a miembros de cortejos reales que venían a Madrid y no se hospedaban en palacios ni casas de nobles.
Para situarnos en este tiempo, no hay que olvidar que hasta bien entrado el S.XVIII, por competencia desleal con otros gremios, en las posadas españolas no permitían vender carnes, vinos y otros productos similares. De ahí el tópico difundido de que en las posadas españolas solo se encontraba lo que traía el viajero. Y tal vez, de aquí también venga la costumbre de muchos asadores castellanos que eran a la vez carnicería y horno de asar. En Aranda incluso hasta los años 70, la gente compraba el lechazo y se lo asaban para la hora acordada.
La génesis del restaurante
La llegada de la Corte supuso un crecimiento desmesurado para Madrid. Quizás esta fue la razón que impulsó a un cocinero llamado Botín, que había venido a trabajar en casa de algún noble de la Corte de los Austrias, a abrir una casa de comidas en las inmediaciones de la plaza mayor. Pero ojo, pronuncie “botén” porque se llamaba Jean Botín y era francés. Por cierto, esto es importante, no le diga a nadie que Botín era francés. Arranque esta hoja una vez leída y tírela, que como trascienda a los medios gastronómicos franceses que el restaurante más antiguo del mundo lo creó un francés, la tenemos… hacen rectificar al mismísimo libro Guiness. De cualquier manera, si sucediera esto, le sugiero esta coartada… que mire usted “mesié”, que su mujer era de procedencia asturiana y claro, ya sabe, más tiran dos tetas que dos carretas y las de las abuelas asturianas eran de autor, no en vano sus nietas fueron amas de cría por media España.
Con la Corte consolidada en Madrid, atraídos por la ostentación, el lujo y el dinero, afluyen a la capital todo tipo de banqueros, comerciantes, extranjeros y personas procedentes de otras regiones de España. En 1629 se reforma la plaza mayor y se convierte en un enclave comercial de primer orden: sederos, bordadores, zapateros, latoneros… Ribera de Curtidores, Plaza de Herradores, Calle de Cuchilleros… En 1725, abrió su pequeña posada el matrimonio Botín y realizó obras de reforma en la planta baja cerrando los soportales existentes. De esta obra quedó constancia en una piedra de la entrada en la que figura la fecha. Y de esta misma fecha es el horno de leña que aún hoy sigue ofreciendo los más auténticos asados de cochinillo y cordero.
El matrimonio Botín, fundador del restaurante, murió sin descendencia y un sobrino de la esposa llamado Cándido Remis se hizo cargo del negocio que posteriormente pasó a llamarse “Sobrino de Botín”.
El Botín contemporáneo
Con la llegada del S. XX se hace cargo del restaurante la familia González. En esa época, solo la entrada y el primer piso eran pastelería y casa de comidas, el sótano era bodega y el segundo y tercer piso estaba destinado a vivienda. Tras la posguerra, los hijos de estos, Antonio y José, toman el mando y lo convierten en lo que es hoy, cuatro plantas con su singular y auténtico estilo de posada de otro siglo. En la actualidad el negocio está regentado por la tercera generación de la familia González, Antonio, José y Carlos, sobre los cuales recae la responsabilidad de mantener un negocio, que es el más viejo del mundo en su género.
Por Botín ha pasado toda España y medio mundo. Todos los actores españoles y extranjeros que se imaginen, presidentes de gobierno, ministros, artistas, toreros… Es fácil encontrar a diario, americanos que vienen buscando el comedor donde Hemingway situó el final de su novela “Fiesta”. Americanos como Ava Garner, que emocionada por los cánticos de la tuna, comenzó a bailar encima de una mesa cuando entonaron el “Porompompero”. El personal casi desfallece viendo a la espectacular diva, cercana, sensual y bella como nunca habían visto a otra igual. Es curioso que los tuneros hayan sido una constante ininterrumpida el restaurante desde el año 1959. A diario, pero sobre todo los fines de semana, se les puede oír sus conocidas canciones que todo el mundo canta y sus frases típicas: “Estamos todos… estamos, cual caballeros… cumplimos, a las mujeres… amamos, pero ante todo… ¡bebamos”!
A Botín tres o cuatro veces por semana llegan al restaurante cochinillos segovianos y corderos del llamado triángulo mágico: Sepúlveda, Aranda, Riaza. Aunque permitanme que en este mismo instante, rompa un centenar de lanzas por los del Cerrato palentino. Que una cosa es la fama de los hornos y otra la procedencia de los lechazos. El año pasado, el dueño de un importante matadero de ovino de Aranda, decía que era capaz incluso de reconocer en canal los lechazos de raza churra del Cerrato… que eran los mejores. Por algo un ganadero de Baltanás es el que más premios acumula de este ganado en toda Castilla León.
Botín en la literatura
Muchos escritores anglosajones se han dejado seducir por el tipismo de este antiguo restaurante: Jhon Dos Passos, Scott Fitzgerald. Graham Green, viajero tras la Segunda Guerra Mundial, paseó por España y escribió “Monseñor Quijote” y en uno de sus párrafos dijo: “…propongo que antes de comprar los calcetines morados nos regalemos con un buen almuerzo en Botín…” Frederic Forsyth, también menciona Botín en “El manifiesto negro”. Y el premio Pulitzer norteamericano James Michener, en su libro “Iberia” escribe: “… e iba a comer a un buen restaurante que se encontraba al salir de la Plaza Mayor, Botín, que data de 1725…”
Y por supuesto, el referido Hemingway, que menciona a Botín en “Muerte en la Tarde”, “Fiesta”, “The sun also rises” y otros escritos. Le gustaba el asado a rabiar, fíjense cómo comía el pollo: “I ate a very big meal and drank three bottles of rioja alta”. ¡Se bebía 3 botellas de vino el solito! Bueno, en Cándido se comía todo un cochinillo y además del vino, se bebía una botella de brandy. Claro, luego escribía de corrido.
Benito Pérez Galdós, utilizó este barrio castizo del Madrid del XIX como escenario de varias novelas y artículos. En ”Fortunata y Jacinta” escribe “…anoche cenó en la pastelería del Sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros…”. También lo menciona en “Misericordia” y “Nazarin”. Ramón Gómez de la Serna escribió numerosas “Greguerías”: “Botín es el gran restaurante donde se asan las cosas nuevas en las cazuelas antiguas”. “Botín parece que ha existido siempre y que Adán y Eva han comido allí el primer cochifrito que se guisó en el mundo”.
También Arturo Barea en su obra “La forja de un rebelde” se refiere al asado de cochinillo de Botín. Y hay también una curiosa referencia del político y periodista Indalecio Prieto, que desde su exilio mejicano en su libro “Mi vida” cuenta una comida semanal y se deduce de algún modo lo apurado que andaba económicamente Julio Camba ”… al sábado siguiente, en una de aquellas cenas semanales en casa Botín a las que habitualmente concurría yo, con Julio Romero de Torres, Anselmo Miguel Nieto, Julián Moisés, Juan Cristóbal, Pérez de Ayala, Valle de Inclán, Enrique de Mesa, y otros artistas y escritores; Sebastián Miranda, queriendo hacer el pago ante testigos, devolvió los cinco duros de Julio Camba quien con ellos cubrió su prorrata en el coste de los cabritos asados y los sabrosos bartolillos que desde 1725 acreditaba el célebre figón de la calle Cuchilleros, viandas de las cuales hicimos abundante consumo.”
Si no le gusta el asado, puede comer buen solomillo y lomo de cebón, buena merluza, singulares almejas a la marinera, chipirones en su tinta y otras muchas típicas especialidades de la España tradicional. Pero sobre todo, es un restaurante hospitalario, cordial y cálido al que se va sobre todo a disfrutar del ambiente y de la historia y “del mundo que nos rodea”.


Gran Café Gijón. El café de las letras.

La Boca Magazine » Secciones » El Comedor » 15/03/2010


Por Alfredo Franco Jubete

El Gijón, el café, son un producto cultural: narrativa y café, poesía y café, periodismo y café, política y café, tertulia y café. Su aroma es pensamiento y acción, reflexión y emoción. Las cosas se ven de otra manera con una taza de café en la mano. En el Gijón se han hecho negocios, complots, obras literarias, bodas, periódicos, revistas espectáculo y de lectura, música, poesía, e incluso se ha vivido la historia. Bueno y cien estupideces yermas y estériles, que no han trascendido porque no han interesado ni a sus protagonistas. Tengo la sensación que algunos han valorado en exceso su persona y obra, solo por formar parte de la nómina tertuliana del establecimiento. Ellos entraron al Gijón pero la escuela de los contertulios nunca entró en ellos. Tampoco salió de muchos de estos cafés el olor a rancio, tan característico aroma de estos decimonónicos cafés.

gran-cafe-gijon-foto-de-la-epoca

El Gijón forma parte de una exclusiva nómina de cafés del mundo con una historia única: Florián de Venecia, Greco de Roma, Procope, El Café de la Ópera, de París; A Brasileira de Lisboa, 7 Portes, Els 4 Gats, de Barcelona; La Casa de los Azulejos de México; Tortoni de Buenos Aires. El Gijón ha sido epicentro de la vida intelectual madrileña. Los escritores frecuentaban la soledad de sus mesas de mármol y el aroma embriagador del café. Y en ambos encontraban la inspiración y el ingenio para escribir su crónica y capítulo cotidiano.Pitita Ridruejo, Santiago Carrillo...

Qué más lógico que “un pinga”, un asturiano emigrante a Cuba en busca de fortuna, volviese a su patria con dinero ganado como camarero y fundase un café al que le denomine Gran Café Gijón. Esto sucedió en los años del Madrid romántico, en mayo de 1888. Lo francés estaba de moda arrebatadora, una simple tortilla francesa era de un refinamiento tan inusitado, que incluso formaba parte de los menús de bodas o banquetes de copete. Saber francés y demostrarlo era lo máximo. Por el contrario, en los barrios más modestos lo castizo, las corralas y la verborrea cheli era el otro furor.

El primer lleno del Gijón fue tras la inauguración del Teatro Príncipe 25-6-88. La bella Lucía Pastor protagonizó un “proyecto crónico lírico” de Perrin y Palacios que derrocharon gracia y simpatía a raudales. La habanera que la Pastor protagonizó preguntaba: “Decidme, muchachas / que el caso es sencillo: / El Café que les gusta a los hombres, ¿cuál es? ¡¡¡El caracolillo!!! (Con acento picarón). Qué maravillosa metáfora, voy a hacerla mía ya. Cuando me pregunten cuál es lo que más me gusta, voy a decir: ¡el caracolillo! Los cafés de esta época eran misóginos hasta el paroxismo: las mujeres no podían entrar solas, debían ser acompañadas y mantener una actitud más propia de una iglesia que de un café.

Antonio BanderasPrimeros nombres ilustres. Canalejas llegaba esporádicamente al Gijón en los atardeceres, pedía café y recado de escribir. Y parece que Don Gumersindo, el fundador, reconoció aquel cliente ocasional en las fotos de prensa que aparecieron con motivo de su asesinato. Don Santiago Ramón y Cajal apasionado cafetero y tertuliano, aparecía con cierta frecuencia acompañado posiblemente de colaboradores, que le escuchaban con delectación.
Valle Inclán compareció por primera vez en el café con motivo de la apertura de la terraza veraniega, ofrecía a primeros de siglo un menú infrecuente por 4 pesetas. Venía del Kursaal de ver a la telonera Anita Delgado, que pronto se casó con el Maharajá de Kapurtala. Allí se quedaba de tertulia hasta el amanecer.

El Gijón en estos años de principio de siglo, se convirtió en centro de la burguesía y la bohemia y la mejor terraza para combatir el calor. En 1914 cambió de propietario, el fundador se retiró a su Asturias natal y le pasó la propiedad a un peluquero vecino del barrio. Exigió en escritura pública que siempre que estuviese abierto como café, no podría llamarse más que Gran Café Gijón.

La edad de oro de los cafés. La dictadura de Primo de Rivera, los últimos tiempos de la monarquía de Alfonso XII y los años republicanos hasta la guerra civil significaron la cumbre de las tertulias de Madrid. El Gijón se convirtió en centro neurálgico de la actividad cultural y tertuliana. Podía verse a diario a Federico García Lorca, Rafael Alberti, al pintor José Caballero y en alguna ocasiones al torero Ignacio Sánchez Mejías con “La Argentinita”, que acudía a la tertulia de su amigo Federico. Vargas Llosa, Ricardo Zulueta...

Personajes de arrasadora actualidad de la época, hacían de la terraza todo un espectáculo nocturno veraniego. Pero llegó el 36 y la pasión condenó las tertulias a enconarse hasta límites cargantes: se retiraron saludos, se cruzaron miradas retadoras e insultos. Avanzó la guerra y el Gijón pasó a convertirse un anexo cuartelario hasta el final de la guerra.

En los años de la posguerra el café aparenta tristeza y desolación. Eran años del carburo, el gasógeno y el racionamiento, años de gran carencia que obligaba a los clientes a pedir un café y pasarse la tarde entera delante de una jarra de agua. Y como decía un pintor, dándole al bicarbonato, “porque algo alimentará”. Con este panorama, los camareros tenía doble trabajo: servir y anotar las deudas. El cerillero, también prestaba dinero sin comisión.

El país culturalmente es un erial, la censura férrea obliga a publicar textos sin contenido. Un grupo de jóvenes fundaron Juventudes Creadoras: José Gª Nieto, Pedro Lorenzo, Rafael Romero y otros como Julio Trenas, Camilo J. Cela, José Mª de Vega, Víctor Ruiz Iriarte. En la posguerra los cafés iban desapareciendo por falta de tertulias, el Gijón era considerado para el Régimen un foro de vagos y maleantes.

Paco Rabal con tertulianasUno de estos que no acudió al exilio, montó una tertulia de gran trascendencia fue Gerardo Diego. Era mayor la elocuencia de sus silencios que sus discursos.

En un tiempo se solía decir que el Gijón era el único café que se repartían bofetadas… en los años de la posguerra publicaba el ABC una lista de donantes que contribuían a alguna causa patriótica, al final de la lista de conocidos que habían dado 100,200 o 500 pesetas, aparecía Camilo José Cela con 0,50 pesetas. El recochineo en la tertulia era tremendo y Camilo había asegurado que como cogiese al bromista lo deslomaría a palos.
Tras muchas  chanzas y risas el poeta Jesús Juan Garcés confesó, sonó una bofetada y el poeta cayó por el suelo. Otra bofetada famosa sonó muchos años después… una tarde llegó un desconocido y preguntó: ¿es usted fulano de tal? El requerido, pensando que sería un admirador, asintió orgulloso y tras responderle, recibió una sonora bofetada. Su agresor dio media vuelta y se fue con gran naturalidad. Dicen que el antagonista fue Umbral.

César González Ruano fue el gran personaje del Gijón, aterrizaba por el café a las 9:15 de la mañana y se enfrascaba en su trabajo hasta la 1 de mediodía que comenzaba la tertulia a su alrededor.

José García NietoFrancisco Umbral fue otro habitual que dejó su maravilloso sello en el Gijón a base de dandysmo sin pelos en la lengua. Escribió su crónica sobre el café y sus personajes con su gracia habitual, he aquí su texto: “Aquella tertulia era como el rompecabezas de España, el único sitio donde se había conseguido el difícil equilibrio nacional, la reconciliación de las dos Españas en torno a una jarra de agua, y el que venía de las cárceles de Franco le llenaba el vaso al que venía de los cuarteles triunfales, y el que vestía la ropa bien planchada de los Ministerios le ofrecía lumbre al que fumaba el tabaco callejero de los perseguidos …”

En los sesenta ya no solo se bebía café, Joaquín Calvo Sotelo tomaba aperitivos de vino fino, Alfonso Paso pedía langostinos con coca cola y Enrique Diosdado y Tino Grandia percebes, la penuria estaba acabando al menos para algunos. Y un día sucedió lo inimaginable, todo el Gran Café Gijón se puso en pie y cantó el Cara al sol con el brazo en alto. Increíble, pero cierto, nadie desafinó ni una sola nota ni olvidó una sola letra. Unos jóvenes de cazadora negra, gafas de sol y pistola en mano fueron los responsables. Al día siguiente, unos se burlaron de los otros recordando el anhelo de sus voces, o el recuerdo de la letra que se supone nadie se sabía de memoria.

Hoy en el Gijón se come, se bebe, se cena y se vive la terraza con la misma clase y diversión de toda la vida. En fin, como diría José Esteban: “En el Café Gijón se está, por los demás se pasa”.
(Nota: ha sido una gozada para narrar fielmente esta historia contar con un documento como el Libro del Café Gijón).


Lhardy, espejo de una leyenda romántica

La Boca Magazine » Secciones » El Comedor » 19/01/2009

Por: Alfredo Franco Jubete

Antigüedad monumental, intemporal y genuina, representa el discreto encanto de la burguesía. El reflejo romántico de la opulenta sociedad madrileña de finales del XIX y comienzos del XX. Y el cenáculo social, político y cultural donde la historia de España se ha gestado, tramado, construido y escrito. Y sin duda, logotipo de alacena del lujo de su tiempo.

Isabel II tenía nueve años cuando Lhardy se instaló en Madrid. No existía la peseta. No operaba el Banco de España, ni las Cajas de Ahorros, ni el Metro. No había salido ningún tren de Atocha, ni siquiera se bailaba el schotis… Bueno, bailar bailar seguro que se haría, Consuelo Bello, La Fornarina, famosa cupletista de principios del XX y La Goya y La Chelito, se reunían con sus amigos para celebrar éxitos e intercambiar platos y conocimientos. Parece que alguien muy famosa y de la más alta alcurnia, perdió una prenda interior en uno de sus salones. A saber qué comerían…

En esa época, las tabernas y mesones dejaban mucho que desear. Larra, afrancesado él, ironizaba sobre las famosas fondas madrileñas- “Comercio”, “Fontana”, “Dos Amigos”- por zafias y destartaladas. Sin alfombras, espejos, ni chimeneas y con mozos estropajosos y malolientes, que sacaban la cucharilla del bolso del chaleco donde las guardaban con las puntas de los cigarrillos.


Pues a pesar de haber leído en varios libros que Larra bendijo la inauguración del primer restaurante de lujo de Madrid, no es cierto. Se quitó la vida dos años antes de su inauguración.


La patisserie fue el comienzo y la gran especialidad de su fundador. Hicieron furor sus millefeuilles, petits-choux, brioches, croissants, vol-au-vent... Se decía que Lhardy había puesto corbata blanca a los bollos. Galdós en su obra “Los Ayacuchos”, uno de sus Episodios Nacionales, a través de uno de sus protagonistas, Fernando Calpea, hace referencia a los embutidos y pasteles de Lhardy y se refiere a Emilio Lhardy como “este maestro en las artes de comer fino”. Por cierto, a don Benito que era muy aficionado a los cocidos de Lhardy, le llamaba el ácido Valle Inclán “garbancero”.


La suntuosidad y la riqueza de la alacena de Lhardy eran excepcionales… En la tienda elaboraban e importaban los mejores foie-gras, terrines y galantinas. Traían embutidos de todas las procedencias, caviar, ahumados, conservas y salazones de los lugares más recónditos y afamados del globo. Y ofrecían los más grandes y destacados bordeaux, borgogne, tokay…


Los máximos representantes de la cultura, las artes y la aristocracia se han reflejado en el gran espejo de la tienda a la hora del aperitivo. Azorin decía que en los espejos de Lhardy “nos esfumamos en la eternidad”. Isabel II, Alfonso XII y XIII en más de una ocasión se han servido del boulloire su tradicional consomé a la hora del aperitivo. Y en más de una ocasión tuvieron que salir por la puerta de atrás cuando habían sido reconocidos. A propósito, el consomé sigue elaborándose con la misma receta de su inauguración.


El aperitivo de Lhardy hoy sigue siendo una costumbre social. Seña de identidad que se transfiere de padres a hijos como símbolo de refinamiento cultural, gastronómico, social y estético. El consomé de Lhardy es el caldo de cultivo de la sociedad madrileña. Después de tomar un aperitivo en Lhardy uno se siente mejor, más elevado y refinado e incluso más burgués. Bueno, y con la sensación del deber cumplido. Hay que enseñar a las nuevas generaciones a apreciar y valorar estas instituciones seculares tan escasas en España. A ver si conseguimos subvertir los impulsos del español medio: comerse el negocio de la familia en la tercera generación. Bueno, o venderlo a la multinacional, que es otra modalidad de comida…


A finales del XIX la cocina francesa adquiere su culmen gracias a sus grandísimos cocineros. Lhardy era uno de los grandes de Europa, sus grandes banquetes y los dinner Lhardy eran la comidilla de la semana Aquí todo respiraba francés. Eran épocas que cualquier país comía su propia cocina menos en España. La cocina española no existía, solo se buscaba lo internacional, la imitación. La clase aristocrática y la realeza contrataban cocineros franceses, los menús se escribían en francés y la gran bouffe era el ejemplo a seguir. Los restaurantes y hoteles ofrecían una cocina afrancesada y mediocre, tan solo El Ritz, El Palace y Lhardy elaboraban una cocina francesa genuina. En esta época y posteriores, se presentaban los platos con una construcción decorativa de gran “mampostería”, muy exagerada.


Y mientras los opulentos representantes de la clase política, la alta burguesía y los señores de título comían como Dios bendito, la clase media de entonces, los proletarios y menestrales se las veían muy negras para poder comer unas sopas de ajo con un poco de grasa de cerdo, o unas patatas guisadas con una hoja de laurel por toda proteína.


Pero es curioso el destino, Lhardy que siempre fue un claro representante de la genuina cocina francesa, desde hace muchas décadas los platos más solicitados son el cocido, el 80% de los almuerzos de la actualidad, y los callos.


Dª Mª Guerrero encargaba a Lhardy sus cenas tras las representaciones, o si la escena lo requería, se hacía traer centros de mesa y manjares para ser degustados durante la función.


Por las mesas de Lhardy ha pasado todos los representantes más importantes de la sociedad española de las distintas épocas. Isabel II iba de tapadillo a sus salones privados. En el salón blanco, hay una dedicatoria de la reina: “Para Don Agustín Lhardy una admiradora de sus paisajes. Isabel de Borbón, 28 de noviembre de 1895”. Parece que en una ocasión se retaron a duelo dos clientes y tuvieron que sacarla del restaurante para no perjudicar su imagen. Al día siguiente volvió a finalizar sus deberes pendientes, el almuerzo deseado. Alfonso XII y XIII toman el aperitivo, compran en la tienda y visitan el restaurante con regularidad. Los intelectuales forman parte de la nómina de clientes habituales. En diciembre de 1944 los escritores españoles rinden homenaje a Manolete: Pemán, Calvo Sotelo, Cela, Foxá, Alfaro, Neville…


Desde Espartero, Serrano, Prim, O´Donell a Zuloaga, Camba, Domingo Ortega, Díaz Cañabate, Chueca Goitia, o a Manuel Fraga, Gonzalez, Guerra, o el actual alcalde de Madrid, todos los políticos del pasado o del presente han comido el cocido de la casa… En Lhardy se decidió el nombramiento del presidente de la república Niceto Alcalá Zamora. Todos ellos han degustado su foie gras, lenguado al vino, faisán a las uvas, poularda rellena, ternera Príncipe Orlof, gamo a la austriaca… Todos han comido rodeados de sus magníficos muebles, relojes, candelabros, lámparas y jarrones de época, su cristalería de Bohemia y vajilla de Limoges.

Lhardy era un anfitrión excepcional. En el piso superior puso unas habitaciones que cedía a los amigos y clientes muy afines: Sarasate, Mazantini, Benllure fueron habituales.

Cuenta José Altabella en su libro sobre Lhardy, que un amigo cliente

propuso competir ante un jurado los callos de Lhardy contra los de una taberna de la calle Pozo. El trofeo era una caja de champagne. Tras gran discusión los ganadores fueron los de la taberna, hasta que Lhardy confesó que él también se merecía el premio, porque había ido a la taberna a pedir el doble de cantidad y a que le guardara el secreto.

En fin, deseamos que durante el siglo XXI continúe el esplendor del pasado de Lhardy y que Javier Pagola Aguado y Milagros Novo con la que nos entrevistamos para elaborar este artículo, sepan continuar la tarea de sus mayores y poner la día la tradición. Es un deber que la historia y nosotros les reclamamos.